«Y te vas a quedar con las ganas…»

El cuento que voy a relatar a continuación, lo escribí en los primeros días de abril del 2015, es decir tiene exactamente cuatro años. Habla en cierta forma de los hombres a los que manda su mujer, espero no se sientan aludidos ni se me ofendan dos que tres, si se identifican con la historia es simple y llana mera coincidencia. No soy partidario del machismo, nunca lo he sido, sin embargo, la palabra empeñada no debe ser cambiada a contentillo de la mujer
                                                          «Y te vas a quedar con las ganas…»
Hace cosa de 25 años, David acompañado de su esposa Corina fueron a pasar unas vacaciones a las hermosas playas de Sonora. La atinada publicidad pregona «Where desert meets the sea» -donde el desierto se encuentra con el mar-. En este caso en particular, es el azul Mar de Cortez y el centro turístico es Bahía San Carlos, Son.
San Carlos tiene un pequeño centro poblacional y los pequeños supermercados son algo caros, por lo que David y Corina se trasladaban a Guaymas Son. para hacer las compras de comestibles. Son 15 kms. de recorrido de un bonito camino llamado con justicia «Scenic highway» -carretera escénica-, recorrerlo es un verdadero placer por la profusión de multicolores flores en el camellón central en todo el recorrido.
Entonces, David y Corina no tenían aún los tres hijos que exitosamente han procreado y que tantas satisfacciones les proporcionan. Iban pues a Guaymas a casi todo tipo de actividades, dejando las instalaciones del hotel y la atrayente playa para la mañana y tarde-noche. Hubo un personaje que les llamó poderosamente la atención en Guaymas, era una mujer de mediana edad la que padecía de sus facultades mentales y que al parecer se ganaba la vida cantando en los camiones urbanos.
Oyeron mencionar que la gente le llamaba Juana por lo que asumiremos que ese era su nombre. La dama -Juana- tenía la particularidad de no ser consciente de su desastroso aspecto físico, por lo que cuando veía varones -jóvenes, no le gustaban viejos- que fueran de su agrado, cantaba con intención de conquistarlos o hacerse la interesante la provocadora estrofa, «Y te vas a quedar con las ganas de que sea tuya…». Seguramente andaba causando furor en aquella época Marco Antonio Solís «El Buky», -en Sonora se le llama buky a un niño-.
A propósito de quedarse con las ganas de «Algo», y aunque no viniera al caso. David recordando a la Juana de Guaymas. Va un poco más atrás en su vida y recuerda que 13 años antes de ese viaje, tuvo un apremiante deseo no cumplido. David al ser de Cd. Juárez, manejó automóviles desde los 14 años, a los 22 años donde se sitúa la memoria del hecho -1977-, ya había poseído un gran número de autos, motocicletas y camionetas -en el norte autos son carros y camionetas trocas-.
Sin embargo David nunca había sido propietario -hasta la fecha sigue sin serlo- de un Mustang -auto deportivo de la Ford-. Leyendo el aviso clasificado en la sección de autos usados, ve un anuncio que le llama la atención, se trataba de que vendían un Mustang Mach I modelo ’71, el precio y las condiciones del vehículo le parecen correctos y decide ir a verlo.
El propietario-vendedor era un hombre joven como el David de ese lejano año -1977-, le muestra la unidad, cala el arranque del mismo, se encanta con la linea deportiva, negocia con el vendedor y finalmente se decide en adquirirlo. Eran alrededor de las 11:00 a.m y David debía de ir a trabajar al segundo turno de la empresa maquiladora en que prestaba sus servicios. Le dice, «Ya no lo ofrezcas, es mio, te dejo $1,500.00 que traigo de momento, mañana a primera hora voy al banco y te traigo el resto», muy bien le responden.
Era tal el nivel de excitación de David, que no se concentró en el trabajo, de dormir mejor ni hablamos. Al día siguiente mal abrió el banco y ya estaba retirando la cantidad necesaria para hacerse de su codiciado automóvil, ya se veía en él, disfrutando de su potencia y velocidad. Manejar un Mach I era un poco sentirse piloto de autos de carreras de la categoría Nascar.
Llega David al domicilio del aún propietario del Mustang, en su alborozo le pareció percibir que su prenda amada -Mustang- también se complacía con su nuevo dueño. Toca arrebatadamente la puerta y sale el adormilado habitante, le dice David, «Vengo por el Mustang, aquí traigo el dinero, trae los papeles». El hombre obedece y regresa con los documentos.
Todo marchaba a la perfección hasta que… sale la joven esposa del hombre -100% mandilón lo sabría luego- y en forma melosa le dice, ¿ya lo vas a vender viejito, y en cuánto? Dice el periódico que el dólar subió 15 cvs. ¿lo sabías? Aclaración, en esos tiempos y aún ahora, la mayoría de los tratos comerciales en ciudad Juárez se hacían en esa moneda -dólar-.
A David, la intromisión de la mujer le cayó bastante mal, sin embargo nada más sonrió, dando por un hecho que el trato había sido entre hombres y que no podía deshacerse. Inopinadamente, aquél débil sujeto al que con seguridad su mujer lo mandaba, dice, «Si subió el dólar 15 cvs. -era el año ’77 y el peso flotaba- y como el precio es de 2,000.00 Dlls. entonces son $300.00 más», claro con la ayuda de la calculadora, jamás mentalmente.
David estalla en cólera -ya viejo sigue estallando con facilidad- diciéndole, el trato ya estaba hecho y era entre tu y yo, me hubieras dicho que la que manda es tu tiznada vieja para haber negociado con ella. Me gusta el Mustang y tengo para darte esos $300.00, pero a mi no me manda tu mujer como a ti, dame el dinero que te di ayer, aquí se deshace el trato ¡rajón! Hasta ahí las remembranzas de David, y efectivamente como lo predijera El Buky 13 años después, «Y te vas a quedar con las ganas…».
Moraleja.- si un hombre no es capaz de sostener su palabra en cualquier escenario por la intervención de su mujer o madre, debe entonces trocar de papeles y dedicarse al cuidado del hogar y a la crianza de los niños, más aún, de ser posible debería suprimir el uso de la prenda masculina de vestir llamada, «Pantalones».
Libro recomendado (y no) de la semana
Su título es «Rut el romance de la redención» de la autora Diana Castro Hagee. Es una historia bonita, ¿quién no disfruta una historia de un amor maravilloso? Aquí es cuando aclaro el enigmático (y no) enseguida de la palabra recomendado. La publicación omite la que considero irremplazable advertencia de «Es una lectura cristiana». No tengo nada en contra de un libro de ese género y cuando sienta deseos, recurriré a lecturas de esa índole, repletas de citas bíblicas que la alejan de una lectura laica. Es el mismo caso de la música, donde los compositores de música cristiana no son capaces de construir pieza melódica alguna, y sólo se limitan a alterar la letra original. Espero y entiendan mi decepción en este caso, repito, la historia es bonita, el engaño no.
«Llega a dar gusto el cielo, dan ganas de tocarlo; como decía usted: dan ganas de tirarse al cielo de cabeza»
Enrique Lihn
«Pero justamente porque soy valiente, tendrán aun más ganas de devorarme, para adquirir parte de mi coraje»
Lu Xun
«Tenía quince años y muchas ganas de que me pasaran cosas….»
Ángeles Mastretta
José Cruz Pérez Rucobo

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